Un Honda NSX inesperado frente al Santuario de Yanagimori

Llevaba apenas unas horas en Tokio.

El jet lag todavía hacía de las suyas, pero había algo que me impedía quedarme encerrado en el hotel. Después de tantas horas de avión, necesitaba caminar. No buscaba nada en particular; simplemente quería perderme un rato por la ciudad y volver a encontrar esa sensación que siempre me ha llevado a Japón: esa mezcla entre lo cotidiano, lo extraño y una cultura del automóvil que parece estar presente incluso cuando no la estás buscando.

Así que acabé en Akihabara.

Para cualquiera que haya estado allí, Akihabara no necesita demasiadas presentaciones. Es uno de esos lugares de Tokio donde parece que siempre está pasando algo. Tiendas, gente, neones, turistas y una actividad constante que hace difícil caminar sin acabar mirando hacia algún lado.

También es uno de los puntos de encuentro habituales para quienes llegan a Tokio buscando algo más que electrónica y anime. Los viernes por la noche, no es extraño que grupos de aficionados se reúnan para emprender una de las rutas que terminan en Daikoku Futo.


De hecho, ya había estado varias veces en Akihabara y esta vez me apetecía hacer algo bastante más sencillo: alejarme un poco de las calles más concurridas, cruzar el río Kanda por uno de esos pequeños puentes que aparecen entre edificios y simplemente caminar.

Y entonces lo vi… Un Honda NSX estacionado frente al Santuario de Yanagimori.

No es precisamente difícil reconocer un NSX. Incluso después de más de tres décadas, sus proporciones siguen siendo inconfundibles. La cabina adelantada, el habitáculo bajo, las entradas de aire laterales y esa silueta que parece haber sido dibujada con una regla y un bisturí.

Un NSX que no necesita explicar lo que lleva

A distancia, lo primero que llamaba la atención era el color plateado y la postura. El coche estaba muy bajo, pero sin llegar a parecer exagerado. Las llantas blancas llenaban perfectamente los pasos de rueda y, conforme te acercabas, empezaban a aparecer detalles que dejaban claro que aquello estaba muy lejos de ser un NSX de serie.

El frontal incorporaba un lip de aspecto muy agresivo y pequeños detalles aerodinámicos alrededor de los pasos de rueda. Los retrovisores habían sido sustituidos por unas unidades de aspecto claramente más deportivo, con acabado en fibra de carbono.

Las taloneras acentuaban todavía más la línea inferior de la carrocería y rompía visualmente con la parte trasera, donde el conjunto se volvía mucho más agresivo.

En cuanto a las llantas, monta unas Desmond Regamaster EVO II, una elección especialmente apropiada para un NSX de este tipo. La Regamaster no es una llanta escogida únicamente por estética: es una rueda japonesa forjada de aluminio, desarrollada con el peso y la resistencia como prioridades. Existen configuraciones específicas para NSX en 17 pulgadas delante y 18 detrás, precisamente el tipo de combinación que encaja con la filosofía de este coche. 

Sobre la carrocería plateada, las cinco palas de la Regamaster hacen que parezca todavía más ligero. Y aunque el NSX original ya tiene una silueta extremadamente limpia, aquí las ruedas consiguen darle ese pequeño punto de coche de competición que le faltaba (recordemos que las llantas originales del NSX no son nada especial).

Cuando el Type R se convierte en inspiración

El paragolpes ha sido modificado y recortado en su zona inferior, dejando mucho más visible la parte mecánica y el escape. Sobre él aparece un alerón de gran tamaño inspirado en el utilizado por el NSX Type R, que cambia radicalmente la presencia del coche.

No es una transformación que intente hacer pasar este NSX por un Type R original. Es otra cosa. Es la interpretación de alguien que ha tomado algunas de las ideas más radicales del NSX-R y las ha llevado a un coche de calle.

El contraste que solo Tokio puede conseguir

Hay algo especialmente extraño en encontrarte un coche así en Japón.

En Europa, un NSX ya sería un acontecimiento. Uno modificado de esta manera, todavía más. En Tokio puedes doblar una esquina después de estar caminando entre tiendas abarrotadas, máquinas expendedoras y miles de personas, y encontrarte un coche que durante años has visto únicamente en revistas, videojuegos o fotografías.

Y lo mejor es que no estaba en una exposición. No estaba rodeado de otros coches. No había una cuerda separándolo de la gente. Simplemente estaba allí.

Aparcado frente al Santuario de Yanagimori, como cualquier otro coche que su propietario hubiera dejado allí mientras hacía sus cosas.

Sin buscarlo. Como muchas de las mejores historias que te encuentras cuando simplemente decides salir a caminar.

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Alberto Egea

Escrito por Alberto Egea

Adoro Japón y mi vida gira en torno al automóvil. A veces escribo sobre ellos y otras veces los diseño a mi manera. Fundador de Fresh Imports, Stance GT y cofundador en Clan3D.

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